jueves, 9 de marzo de 2017

La belleza de los cuerpos (texto de Alvaro a Claudia)


Las circunstancias me acercaron a ti por tu trabajo, por tus amanecidas para hacer los despachos informativos, por tus preguntas periodísticas. Y en medio de tanta gente con la que compartías las largas esperas para captar una noticia en plaza Murillo, tu rostro fue el primer fulminante destello que despertó en mi cada uno de los componentes de lo que Kant llama el juicio del gusto estético. Desde entonces, cada día aprendí a valorar tus palabras, a grabar en mi alma tus gestos, a apreciar tu cuerpo, a tatuar en mi retina cada milímetro cuadrado de tu aspecto. Con solo verte, todos mis sentidos irrumpían en una sinfónica de experiencias de placer. Fue el nacimiento del concepto de lo bello propio del enamoramiento.
Hablamos, nos conocimos, nos besamos y mi tacto conoció tu piel en la que deposité mi comprensión realizada, y personalizada, de la belleza. A través de ti y de como eres, comparé estéticamente el mundo y al hacerlo, me entregue de lleno a ti. Desde entonces, todo lo que haces me gusta. Me gusta tu andar y tu manera de hablar; admiro lo que haces y lo que piensas; me gusta cada parte de tu cuerpo y la medida de cada una de las partes del mismo. Me fascina como miras y como te peinas. Todo lo que vistes, aún la blusa más sencilla, destaca en mis ojos un nuevo aspecto de tu belleza.
Y hoy, de repente todo tu cuerpo ha comenzado a cambiar. El abdomen crece, tus pómulos son mas redondos, tus caderas se ensanchan y tu dulce piel se abulta. Es tu cuerpo entero cobijando a un nuevo ser, a nuestra hija, a Alba, el que se perfecciona para alimentarla, para protegerla y prepararla para el mundo social que verá la luz en nueve meses. Y en todo ello hay una nueva armonía estética que se despliega. El abdomen, los pómulos, las caderas, el torso que se robustecen lo hacen en una maravillosa sincronía que destacan una nueva belleza en ti. Las formas redondas del cuerpo de la maternidad son perfectas; tu piel ha adquirido una tersura juvenil, en tanto que los trazos de tu rostro me convocan a la observación de una perfección que nunca antes vi.
Es la belleza corporal de la nueva vida; de la nueva vida que tú y yo nos hemos propuesto engendrar. Y por eso cada nuevo volumen de tu cuerpo tiene ahora un pedazo de mí; de la historia de nuestros besos, de las caricias y las palabras que intercambiamos. Cada milímetro cuadrado que hoy crece en ti guarda nuestras complicidades, registra los libros que compartimos y las esperanzas que nos jalan al porvenir. Y es por eso que ningún otro cuerpo de ninguna otra mujer puede ser más bello que el tuyo; porque ninguno otro tiene la memoria de nuestra historia conjunta; ninguno tiene impreso la exclusiva voluntad de ser primero, dos en uno; dos personas en una sola entidad amorosa; y ahora tres en uno, tres seres en un entidad amorosa ampliada.
Por eso, estos siete meses no he dejado de contemplarte. Y lo he hecho con más placer que el que me provoca la más bella de las pinturas, la más exquisita de las esculturas, la más grandiosa de las antiguas ciudadelas hechas por el ser humano. Hoy nuevamente, como sucedió la primera vez que descubrí tu rostro, eres mi medida de lo bello en el mundo.

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